viernes, mayo 04, 2007

“Corsarios de Levante” la sexta entrega de la saga el Capitán Alatriste, al igual que las anteriores se convierte en otra magistral, interesantísima y divertida lección de historia digna de ser trasladada a las aulas.

Aunque desde el punto de vista de la historia que se nos cuenta puede ser la menos trascendente, en cuanto a la ausencia de grandes acontecimientos o personalidades de la época relacionadas con nuestros protagonistas. Desde el punto de vista de la novela de aventuras me ha parecido la mas entretenida y trepidante. Como bien sugiere su título, con esta entrega nos adentramos en un mar de aventuras de principio a fin, nos embarcamos en galeras y otras naves propias de la época, participando en numerosos abordajes y escaramuzas, con las que España todavía era temida y respetada en todo el mundo. La penosa y sacrificada vida a bordo de esas naves, desde los esclavos y prisioneros encadenados y condenados a remar durante años y años, entre piojos, comida putrefacta, peste a mierda, orines y vómitos. La euforia de la tropa al conseguir un botín, tras los sangrientos combates al abordaje y la juergas pendencieras de la tropa al llegar a cada puerto entre putas y mesas de juego en las tabernas. Están contadas con tal realismo y naturalidad que convierten a este libro en una obra imprescindible para todos los amantes de la literatura “tipo Capitán de mar y Guerra”. Si bien, tal y como dice “Antonio Carlos” no hubiera estado nada mal poner un glosario al final del libro, dada la abundante terminología marinera de la época que nos encontramos a lo largo de sus páginas.

Sin embargo, no es menos cierto, que en cada capítulo disfrutaremos con párrafos tan memorables como el que sigue:

«Durante casi dos años serví con el capitán Alatriste en las galeras de Nápoles. Por eso hablaré ahora de escaramuzas, corsarios, abordajes, matanzas y saqueos. Así conocerán vuestras mercedes el modo en que el nombre de mi patria era respetado, temido y odiado también en los mares de Levante. Contaré que el diablo no tiene color, ni nación, ni bandera; y cómo, para crear el infierno en el mar o en la tierra, no eran menester más que un español y el filo de una espada. En eso, como en casi todo, mejor nos habría ido haciendo lo que otros, más atentos a la prosperidad que a la reputación, abriéndonos al mundo que habíamos descubierto y ensanchado, en vez de enrocarnos en las sotanas de los confesores reales, los privilegios de sangre, la poca afición al trabajo, la cruz y la espada, mientras se nos pudrían la inteligencia, la patria y el alma. Pero nadie nos permitió elegir. Al menos, para pasmo de la Historia, supimos cobrárselo caro al mundo, acuchillándolo hasta que no quedamos uno en pie. Dirán vuestras mercedes que ése es magro consuelo, y tienen razón. Pero nos limitábamos a hacer nuestro oficio sin entender de gobiernos, filosofías ni teologías. Pardiez. Éramos soldados.»

Y todo para que 500 años después padezcamos el peor gobierno que hemos tenido en muchos siglos, tirando por tierra todo aquello por lo que lucharon nuestros antepasados, provocando la ruptura y la división de una España mucho mas vulnerable y ciega que la de aquella época. ¡Quien nos ha visto y quien nos ve!.

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